RELATO EN LA NOCHE

De paseo por las calles trasnochadas, el muelle, el pequeño puerto de este pueblo mio, voy atravesando el vaho de las farolas, el aleteo chispeante de polillas silenciosas. Mi cuerpo frío y tiritante, por la vida y por los sucesos que la alimentan. Me voy abriendo paso por esa oscuridad, algo me hace ir más deprisa, no sé qué es,  no quiero mirar a tras, algo me lo impide y sólo puedo avanzar. Por fin, me relajo y continuo caminando pausada, respirando y sintiendo como un nuevo calor recorre mi piel. Miro al suelo y veo una pequeña flor, una delicada, fina y suave florecilla. Quieta y como a la espera, me agacho despacio para no asustarla, y tiendo mi mano desnuda para acariciarla. Ella se estremece y se deja balancear por la caricia y la ternura que nos envuelve a las dos. El silencio y los pequeños gestos van creando una atmósfera poderosa y ancestralmente reconocida. Me conecta y me cautiva la experiencia soltando un suspiro, mientras me elevo de nuevo sin apartar la mirada de la flor. Me despido de ella y reanudo mi caminar por el muelle, el pequeño puerto de este pueblo mío.

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Decido cambiar de rumbo y me meto en una tasca, ajada y manida por el salitre. Es una decadencia que me atrapa y me llama. Entro y miro el piano, un piano bailado y soñado, un piano desafinado que sigue sonando hasta altas horas de la noche sin importarle el paso de los años ni los complejos de la vejez, el sabe que tiene valor y ha sido disfrutado por mucho tiempo. Suena por el simple hecho de sonar, no le importa el qué dirán, no le importan las arrugas astilladas y la visión borrosa. La claridad es una cualidad que no pierde. Me siento en un taburete rojo y naranja, mientras dejo que mi falda larga cubra parte del mismo. Pido lo de nunca, un vaso de hielos con un buen chorro de baylis, aunque fuera haga frío el calor que se respira aquí dentro me hace dejar los fríos y escalofríos del día. La música suena y la gente baila, en disfrute y gozo. Observo y decido unirme. Dejo el vaso en una mesita de cristal azul , junto con el foulard, el bolso. Me dejo envolver por esa melodía, de piano, risas, tabaco y guitarra…cuánto perdemos por miedo a perder… esta noche, no, esta noche no tengo miedo a perder y me lanzo a la aventura de vivir. Danzamos y danzamos, sonriéndonos mutuamente y allí se me acerca y me hace un gesto para tenderle las manos, accedo y damos vueltas alrededor del piano, como si no hubiera mañana… porque mañana no está. Un nuevo día empieza ahora, en este mismo instante… una nueva etapa se abre paso entre meneos de cadera y palmas y yo, danzo con ella. Es lo mejor que me puede pasar.

Recojo mis ropas y me despido de ese fantástico lugar, pero, los ojos azules que me acompañaban un instante atrás se hacen más azules y brillantes aún, como hipnotizada dejo de moverme, no había sentido eso antes y me asusté por un momento, por la intensidad de la emoción, mi corazón latía con fuerza y mi cuerpo pedía aire. Esos ojos ya los había visto antes, y no eran de ahora. Pero entonces a esos ojos se les escapa una lágrima y a mí, otra. Me siento extraña haciendo eso, pero no lo puedo evitar. El piano mengua el sonido y la gente se va disipando entre los vahos del bar y del muelle. Poco a poco nos acercamos, con el foulard en mano, como para contener mis manos, nos ponemos frente a frente y siento su respiración. Y así, en medio de esa pausa infinita, le tiendo la mano y acaricio su mejilla, su lágrima, pasando a recorrer por mi dedo, una gran sonrisa nos ilumina el rostro y con un “ cuánto tiempo” nos fundimos en un abrazo abrigado y cálido. Le huelo y mis memorias van llegando a mi mente y cuerpo como mariposas en manada. De repente, no me puedo despegar y así es, no hay prisa. Me acaricia el pelo y yo también, nos acariciamos con la nariz como antaño, dejando escapar una carcajada muda, casi congelada, algo pendiente que quedó por derretir y dejar correr.

En ese instante nos damos de las manos y sin mediar palabra salimos, en silencio y hacia mi apartamento, mi tierno y confortable apartamento. Subimos las escaleras y abro la puerta, le invito a entrar y descorcho una botella de vino mientras le miro aún atónita por nuestro fortuito encuentro. Enciende una vela y me sonríe con sus ojos azules. Me siento en el sofá, ese sofá desde donde se ve todo, un ventanal enorme que asoma las cabezas tímidas de las farolas amarillas. El muelle sigue ahí, esperando amanecer, cuidando de que todo está bien, yo me relajo al saber, que el día y la noche siguen su curso, mientras yo y mi encuentro paramos el tiempo bebiendo vino entre palabras, silencios y miradas largas y profundas. Cuanto tiempo, Cuanto tiempo… años, meses, horas… para volver a este punto, el círculo se cierra para comenzar a dibujar otro. Suspiro de gusto y de sosiego, es un placer. Y así, entre sombras y luz de vela nos vamos fusionando, en amor, en caricia, en risa, en ternura… pintando de color nuestros cuerpos desnudos y alumbrados por la luz de nuestros corazones. La belleza no tiene límite esa noche y es tan grande que mis lágrimas empiezan a correr por sus mejillas derritiendo el paso congelante de los años. Presentes y disponibles a la vida, no hay mayor regalo.th

Abrazados y dormidos, el contacto y los minutos van descansando sobre nosotros. La noche está en silencio y los pájaros comienzan a cantar en nuestros sueños. En paz y armonía, ya vendrá el momento de despedirnos.

Tamara.-

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